sábado, 17 de abril de 2010

LA FILOSOFÍA ES METÓDICA

Rogelio Zambrana

La filosofía es metódica. Para explicar esta tesis recurriré a los tres grandes filósofos de la Grecia Antigua.

Sócrates fue quizás el primero que empezó a ser consciente de que la filosofía, a diferencia de las tradiciones de la sabiduría popular, son conocimientos rigurosos, necesariamente obtenidos por un método. El método de la filosofía para Sócrates consiste en preguntar, dialogar con otras personas, él lo llamará mayéutica. A través del diálogo interpersonal, Sócrates pretendía definir conceptos cada vez más esenciales. Sin embargo, a pesar del rigor metódico, afirmaba que no se podía llegar a una definición satisfactoria.

Platón asumió el método socrático, y con algunas adiciones posteriores, llamará a su método: dialéctica. La dialéctica platónica consiste en un diálogo uniforme donde se contraponen opiniones acerca de un mismo asunto. Lo que pretende es la superación crítica de una opinión sobre otra hasta llegar a una definición concluyente. Es en este momento donde quizás Platón no está conforme con Sócrates en que no exista una definición satisfactoria. Platón crea pues una gnoseología para explicar que sí hay una definición exacta, pero en otro mundo, en el Mundo de las Ideas. Platón divide la realidad en dos mundo, uno inteligible y verdadero, y el otro material y sensible. El mundo material es sombra del mundo inteligible. La misión del filósofo, que vive en el mundo de sombras, consistirá, con ayuda de la dialéctica, en poder intuir desde el mundo material, las verdaderas esencias ideales que se encuentran en el mundo inteligible. Platón supone que anteriormente estuvimos contemplando las ideas, y bastará con algunas preguntas bien hechas, para recordarlas, ya que las condiciones de este mundo nos la han hecho olvidar. Sin embargo, comparte con Sócrates, que al menos en este mundo, nunca llegaremos a conocer perfectamente.

Aristóteles se desentiende de la gnoseología platónica. Va a decir que no hay dos mundos distintos, sino uno solo formado por materia y forma. El mundo en que vivimos es real, inmanente, autocontenido en sí mismo; no existe para él un mundo aparte y trascendente como el Mundo de las Ideas platónico. La verdad, por lo tanto, la encontramos en este mundo único. El método que usará seguirá siendo la dialéctica, pero sin los rasgos gnoseológicos de Platón. Aristóteles fijará su atención, mas bien, en la estructura del método, en su forma; ve que la verdad va apareciendo en el paso de una opinión a la otra, por eso se esforzará por encontrar la ley que garantice que en dicho tránsito se obtenga un conocimiento cierto. A esa ley le llamará lógica, que toma forma en lo que denominó: silogismo. El silogismo es la forma del razonamiento por medio del cual, de una proposición general y de otra proposición también general, se extrae una proposición particular cierta.

En conclusión, como búsqueda del conocimiento riguroso, la filosofía ha tenido que construir y describir sus métodos. Para Sócrates el conocimiento se obtendrá platicando con otras personas. El método será pues preguntar. Para Platón también, las preguntas bien hechas agudizarán la intuición de las ideas, reflejos del mundo inteligible. Y Aristóteles, no convencido del concepto de idea de Platón, se vuelca de nuevo al mundo real, proponiéndose descubrir las leyes de la dialéctica, la lógica. En otras palabras, Aristóteles prepara la prueba para demostrar la certidumbre de las proposiciones. Corolario, Sócrates se da cuenta que el conocimiento se alcanza preguntando, Platón dialogando para recordar, y Aristóteles preparando la prueba para demostrar la certidumbre de las afirmaciones.

LA FILOSOFÍA COMO PROBLEMA

Rogelio Zambrana

La filosofía no tiene un campo de estudio específico; más bien, todo lo que se puede cuestionar entra bajo su dominio. El problema consiste en que mientras la filosofía genera respuestas cada vez más contundentes, ella misma va muriendo como agente cuestionador. Lo cuestionable tiene una vida útil. La filosofía entonces, que no genera preguntas nuevas, se muere. La vida de la filosofía está en el seguir cuestionando, pero a la vez, produciendo respuestas. Respuestas, que a su vez, descartan filosofías. La filosofía por eso es un problema, cuestiona hasta llegar al punto en que ya no puede, de ahí nacen ciencias, y la filosofía queda obsoleta.

Mientras más tiempo pasa, nuevas ciencias específicas nacen. Ciencias que una vez fueron filosofías. Según esta tendencia: ¿Cuál es el futuro de la filosofía? Se me ocurren dos respuestas generales y aparentemente opuestas: la primera es que la filosofía llegará a ser inútil cuando se hallan agotado las respuestas útiles que pueda generar. Respuestas inútiles siempre se pueden inventar. La segunda es que la filosofía nunca dejará de ser importante porque es imposible dar una respuesta certera para todo y para todos. Una es el cientificismo, y la otra, el escepticismo.

Sin embargo, no hay porqué abrir una brecha entre estas dos concepciones. Decir que existe una filosofía mediática, la que usa el científico, y otra que se ensimisma y es estéril, es sólo una apariencia. Propiamente, la filosofía es y debe ser escéptica por esencia, si quiere ser realmente filosofía. Y a la vez, dejar de serlo y brindar una respuesta racional y potencialmente empírica. Hasta que la filosofía llega a fundamentarse empíricamente, es cuando deja de ser filosofía y se convierte en ciencia. Sin embargo, no toda filosofía llega a ser ciencia, y no toda ciencia está segura de conservar su apelativo. Un ejemplo de esto fue el Marxismo. El Marxismo se fundamentó en la dialéctica hegeliana, una filosofía idealista. De esta tesis hegeliana surge el materialismo histórico, fundamentándola en la lucha de clases histórica. El marxismo pretendía haber entendido las leyes de la sociedad; así, vaticinó el futuro de la sociedad. Por un momento, las afirmaciones del marxismo fueron aceptadas como científicas. Pero ahora, procesualmente, la historia misma descubrió el carácter ideológico de muchas de las tesis. Louis Althusser, defensor mismo del marxismo, llega a afirmar: La ideología no es una teoría descriptiva de la realidad, sino una voluntad o una esperanza, o una nostalgia.[1]

En conclusión, la filosofía es un problema porque tiende a ser algo que no será y, al mismo tiempo, negará de otra forma para seguir desarrollándose. Muchas de sus aportaciones quedarán en libros de ciencias. Sin embargo, es así que la filosofía camina y se desarrolla. Dejando las “bases” de las ciencias, ella debe continuar o interesándose en otros temas o replanteando esos mismos fundamentos que propone a las nuevas ciencias.

Platón se dio cuenta del natural problema de la filosofía cuando cuenta:

Sócrates se hallaba paseando junto con Alcibíades, y he aquí que se encuentra con un sofista. Este elogia mucho el discurso que él, Sócrates, había pronunciado la noche anterior. Una vez que el sofista se hubo alejado, Sócrates se vuelve hacia Alcibíades y le dice: Este me acaba de elogiar. ¿En qué me habré equivocado anoche?[2]

BIBLIOGRAFÍA

Reale, Giovanni. Historia del pensamiento filosófico y científico. Tomo III. Herder Editorial. Barcelona. 1995.

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[1] Reale, Giovanni. Historia del pensamiento filosófico y científico. Tomo III. Herder Editorial. Barcelona. 1995. Pág. 725.


[2] Reale, Giovanni. Historia del pensamiento filosófico y científico. Tomo III. Herder Editorial. Barcelona. 1995. Pág. 721.

LA REFLEXIÓN EN LA PEDAGOGÍA

Rogelio Zambrana

En el mundo de la enseñanza hay modelos educativos que no parten de una concepción crítica del mundo y de la persona que se quiere formar, por lo tanto, sus métodos y contenidos de enseñanza no responden a las necesidades personales y exigencias sociales de los educandos. En este sentido, la pedagogía, arte y ciencia de la educación, debe tratar dichas deficiencias. Mi tesis es la siguiente: un modelo educativo es eficiente, siempre que la enseñanza responda a las necesidades personales y exigencias sociales de los educandos, para lo cual, es necesario reflexionar críticamente acerca del mundo y de la persona que se quiere educar. Esta reflexión, sin embargo, debe ser periódica, con el objetivo de actualizarse constantemente; ya que el mundo y la persona cambian continuamente. Me basaré en el modelo pedagógico contexto, experiencia, reflexión, acción y evaluación de la Compañía de Jesús (pedagogía jesuítica), para demostrar lo importante de la reflexión crítica del mundo y de la persona a la hora de elaborar un modelo educativo eficiente.

El modelo pedagógico contexto, experiencia, reflexión, acción y evaluación de la Compañía de Jesús, asume una concepción del mundo y de la persona universal, original de la espiritualidad ignaciana. Estos cinco pilares sin embargo, inherentemente proporcionan una constante actualización de dichas concepciones de mundo y hombre. En otras palabras, la concepción del mundo y de la persona de la pedagogía jesuítica es universal porque tiene principios universales, pero a la vez es particular, porque se adapta a las realidades particulares en las cuales se va a aplicar. Es en este momento, donde la pedagogía jesuítica constantemente critica su visión de mundo y persona, para así, actualizar sus métodos y contenidos según las necesidades personales y exigencias sociales de la persona. El modelo educativo mismo se encarga de reflexionar críticamente sobre el mundo y la persona que se quiere educar.

Para apropiarse de un conocimiento actual de las realidades hombre y mundo, la pedagogía ignaciana parte en primer lugar del contexto. El profesor y los demás miembros de la comunidad educativa, deben conocer el contexto real de la vida del educando, el contexto socio-económico, político y cultural, el ambiente institucional del colegio o centro educativo, y los conceptos previamente adquiridos que los educandos traen consigo al comienzo del proceso de aprendizaje. Este conocimiento general del contexto ofrece una imagen más clara de la persona y del mundo en el cual se desarrolla la educación, y por lo tanto, un recurso más eficiente para el desarrollo metodológico. De lo contrario, al no tenerse en cuenta el contexto, el modelo pedagógico ofrecería una educación enajenada de la realidad, por lo cual no podría ofrecer una respuesta acertada a las necesidades personales y exigencias sociales del estudiante.

En segundo lugar, la pedagogía ignaciana recurre a la experiencia, que para San Ignacio significa el gustar de las cosas internamente. Esto quiere decir que, tanto las dimensiones afectivas como las cognitivas deben estar implicadas en la educación, porque si el sentimiento interno no se une al conocimiento intelectual, el proceso de aprendizaje no será completamente efectivo. No da el mismo resultado criticar sólo intelectualmente una visión del hombre y del mundo, que hacerlo a la vez, afectivamente. Al tomar en cuenta lo afectivo, la imagen de hombre y mundo será más real y contundente. De lo contrario, al no tomar en cuenta la experiencia, la educación sería en una mera transmisión de ideas, con el peligro de promover ideologías: la aceptación irracional y afectivamente desordenada de ideas.

El tercer paso es la reflexión, la reconsideración seria y ponderada de todos los aspectos antes tratados: contextos, experiencias, y otros temas e ideas relacionados, que ayuden a obtener un significado más profundo del hombre y del mundo. Es un análisis crítico y minucioso de los pasos anteriores. Sin este paso, en un modelo pedagógico, los intereses formativos estarían aislados, sin dirección ni sentido con el cual orientar la acción, el paso cuarto del modelo pedagógico jesuítico. La acción equivale a la manifestación externa de lo ya reflexionado; es la propuesta educativa: métodos y materias, que se elaboran a partir de la reflexión. Es la pedagogía aplicada.

Y por último está la evaluación. La evaluación periódica es un paso esencial en el proceso educativo. En la evaluación se valora si los métodos y contenidos de la enseñanza están acordes con las necesidades personales y las exigencias sociales de los alumnos, que previamente se han apreciado en la reflexión crítica del mundo y de la persona que se quiere formar. La evaluación se concentra en progreso intelectual-afectivo, en las actitudes, prioridades y acciones del estudiante.

Vemos pues, que para que un modelo educativo sea eficiente, que responda a las necesidades personales y exigencias sociales de los educandos, necesita antes: reflexionar críticamente acerca del mundo y de la persona que se quiere educar. Y sobre todo, mantenerse actualizada. En el caso de la pedagogía ignaciana, según los contextos, experiencias, reflexiones, acciones y evaluaciones del proceso educativo.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:

1. Pedagogía Ignaciana. Un Planteamiento Práctico. Documentos de la Compañía de Jesús. 1993.


2. Características de la Educación de la Compañía de Jesús. Documentos de la Compañía de Jesús. 1986.

viernes, 16 de abril de 2010

FILOSOFAR PARA EL HOMBRE

Rogelio Zambrana.

El hombre debe filosofar para el hombre. Una filosofía que se encierra en sí misma se convierte en ideología: pensamiento despersonalizante.


Las raíces del árbol filosófico son las interrogantes acerca de la posibilidad de conocer verdaderamente; qué es y cómo se presenta la realidad si es cognoscible; y sobre el sentido de la vida del hombre. La búsqueda de verdad, la explicación de la realidad y, el sentido del hombre son los temas fundamentales de la filosofía. Los primeros dos temas no tienen sentido sin el último. Es mas, la cuestión acerca del sentido del hombre condicionará siempre a las dos primeras interrogantes. El hombre, que es el que filosofa, es el beneficiario de la filosofía. La verdad y la realidad serán temas necesarios para abordar el problema del hombre. El hombre es la cumbre y fuente de la filosofía.


Para profundizar mi tesis demostraré primero cómo aprovecha el hombre la filosofía cuando se trabajan los temas de la verdad y la realidad. Para ello me basaré en Sócrates, primer filósofo en el que resplandece de forma singular qué es esto de verse precisado a filosofar, Ellacuría (1976). Y luego, demostraré cómo se distorsiona el sentido de filosofar para el hombre, dando lugar al pensamiento despersonalizante, cuando no se trabaja la cuestión de la verdad y la realidad.


La filosofía –como explicábamos más arriba­­­­­– se entiende como la búsqueda de la verdad y explicación de la realidad. Sócrates dirá que la verdad-realidad más próxima es el hombre mismo cuando dice: Conócete a ti mismo. Según Ellacuría (1976) a Sócrates no le importa tan solo saber cómo son las cosas… sino que las cosas sean, que las cosas lleguen a ser como todavía no son y que por no serlo son falsas e injustas. La verdad para Sócrates es lo que es justo. Porque lo justo es la medida de la plenitud del ser humano. La verdad, consecuentemente, es algo real porque se manifiesta en lo justo. Por lo tanto, la filosofía busca conocer la verdad para operar la justicia. Vemos pues, a partir del pensamiento socrático, cómo la filosofía entendida como búsqueda de la verdad y explicación de la realidad hacen referencia al hombre en todos sus sentidos. º


El verdadero filosofar consiste en buscar la verdad y explicar la realidad para dar sentido a la vida del hombre. Desde la verdad es que se puede filosofar. Pero qué es la verdad: la verdad es la presencia plena de realidad, la plena posesión de uno mismo, Ellacuría (1976). Verdad, realidad y hombre están siempre juntos en la verdadera filosofía. Por lo tanto, la verdad se busca para encontrarla, se la encuentra para conocerla (realidad), y se la conoce para operarla en el hombre.


Cuando no trabaja la verdad y la realidad, la filosofía se distorsiona inmediatamente. Por eso, no es filósofo el que busca por buscar, simplemente porque le gusta; no quien busca solamente para encontrar más y más interrogantes. La filosofía no es un juego, no es un rompecabezas infinito, ni es un ejercicio mental. De hecho, no se puede perpetuar una búsqueda sin antes haber obtenido un conocimiento aproximado de la verdad, porque de tal forma, las nuevas interrogantes quedarían sin fundamento. Tampoco es filósofo quien pretende conocer una verdad sin posibilidad de hacerla operar. Una verdad que no puede operar es solamente una idea de “verdad”. La verdad por esencia es operable. Y es menos filósofo quien pretende hacer operar una aparente verdad. En cambio, el filósofo verdadero reconoce que es una búsqueda incesante porque la realidad cambia según los tiempos y lugares. Pero no por eso la filosofía se conformará en buscar por buscar, sin ofrecer una verdad operativa según los tiempos y lugares. Estos últimos cuatro modelos de “filósofos” no cumplen con lo que significa el verdadero filosofar. Por defecto, serían ideólogos.


La diferencia entre las filosofías y las ideologías consiste en que las filosofías están a favor de la plenitud del hombre, en cambio, las ideologías son ideas que permanecen en sí mismas. Las filosofías son serviciales y propositivas, personalizantes y objetivas, se basan en la realidad y son libres. Las ideologías son arrogantes y con intereses particulares, son despersonalizantes, subjetivas y deshistorizantes, condicionadas y parciales.


La ideología es más que un cúmulo de ideas sistematizadas. La ideología se mide en relación a una determinada situación o con una determinada acción, Ellacuría (1976). La ideología como la filosofía se vive. De ahí que sus consecuencias pueden ser devastadoras, desde la causa de la muerte de Sócrates hasta los genocidios de la Segunda Guerra Mundial. La tarea de la filosofía consistiría en desideologizar el pensamiento humano. Esto no puede ser más que con el mismo pensamiento; con la duda y la negación el filósofo con autonomía e indeterminación, motivado por el deseo de conocer la verdad, se podrá liberar de las ideologías.


En conclusión, el hombre debe filosofar para el hombre. Mientras el filósofo olvide que la razón de la filosofía es el hombre verdadero y real, su producción serán ideologías, no filosofías.






REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA:


- Ellacuría, I. (1976). Filosofía ¿para qué? Revista Abra. San Salvador, El Salvador.

Foto: Ignacio Ellacuría S. J.

sábado, 14 de noviembre de 2009

ESPIRITUALIDAD JESUÍTICA EN POCAS PALABRAS

Por Rogelio Zambrana

En nuestros días, ordinariamente se piensa que la espiritualidad es algo que se adquiere, pero en realidad, no es ni algo, ni se adquiere. Es alguien, soy yo. Tendríamos que decir, mi espiritualidad o tu espiritualidad. La espiritualidad es la forma que posee nuestro espíritu. Tampoco podríamos decir que es la forma que le hemos dado a nuestro espíritu, más bien, la forma que me estoy dando a mí mismo, mi modo de ser, mi personalidad, mi ubicación en el mundo, por lo tanto, mi pensamiento, mis sentimientos, mis ideas, mi historia; en palabras de Ignacio, mi memoria, entendimiento y voluntad. En fin, yo soy mi espiritualidad.

Otro error común es decir que la persona espiritual es la persona buena, la persona altruista, humanista, y principalmente, la religiosa. Y la persona no espiritual, la persona corrupta, nefasta, indiferente y atea. Pero no es así, cada ser humano, desde el momento que es espíritu, tiene una forma de vida, un modo de proceder, una espiritualidad.

Y para terminar; otro error fatal. Pensar que la espiritualidad está desligada del cuerpo. Se dice que la persona espiritual es la que ha sometido las pasiones del cuerpo, y todo lo emocional y sentimental no logran perturbarlo, lo que es totalmente falso. En todo caso eso se llamaría -en lenguaje psicoanalítico-, represión o negación. La espiritualidad es también corporalidad. El cuerpo humano es tan espiritual como el espíritu mismo, y el espíritu es tan corporal como el cuerpo mismo. En palabras del fundador de la logoterapia, Víctor Flankl, espíritu no significa más que una activa auto- identidad y una radical auto- presencia lograda en y a través de la materia.[1]

El espíritu, la fuerza vital del ser humano, es único e intransferible. Pero es capaz de modelarse a lo largo de la vida según los modos, tiempos y lugares. En otras palabras, no tenemos una espiritualidad determinada para toda nuestra vida; nuestro espíritu es dinámico. Así, nos encontramos con miles de espiritualidades tanto como espíritus hay. Pero hay formas espiritualidades que han deslumbrado sobre otras, y se han puesto como prototipos de vida. Pues ese es el caso de la espiritualidad jesuítica o de la Compañía de Jesús, que tiene su origen y fuente en la espiritualidad de Ignacio de Loyola. Por eso, a la espiritualidad jesuítica desde ahora la llamaremos, espiritualidad ignaciana, que es su forma más pura.

A partir de estos malentendidos podemos afirmar que yo soy mi espiritualidad, mi espiritualidad es también corporalidad, y mi espiritualidad es dinámica. Estos principios nos ayudarán a entender la espiritualidad jesuítica.

Para conocer la espiritualidad ignaciana, según hemos visto, es imprescindible conocer a la persona de Ignacio. Pero como nuestro objetivo son pocas palabras, transcribiré una breve, pero buena descripción que hace de él José María Rodríguez Olaizola S.J. en su libro Ignacio de Loyola, nunca solo[2]: Ignacio de Loyola (1491- 1556) es un hombre activo, batallador, frágil y fuerte al mismo tiempo, tenaz; con un carácter arrollador, capaz de movilizar a otros; atento a su mundo, práctico, conocedor de las personas y buscador infatigable de Dios. Es un peregrino que nunca está solo. Un hombre que en su incansable actividad, no deja de estar sostenido por la presencia de Dios que llena su horizonte.

A continuación desglosaré tres puntos que considero básicos de la persona y obra de Ignacio, y su repercusión en la espiritualidad que produjo, objetivo de este ensayo.

Buscador infatigable de Dios

El carisma de la Compañía de Jesús es encontrar y abrazar la voluntad de Dios. No son las universidades, los colegios, las parroquias, centros de espiritualidad, sino, simplemente, buscar la unión de voluntades con Dios. Lo demás, son medios para alcanzar este fin. Este fin tiene supuestos:

+ Dios habita en las creaturas, en los elementos dando el ser, en las plantas vegetando, en los animales sensando, en los hombres dando el entender... así mismo, haciendo templo de mí, siendo creado a la similitud e imagen de su divina Majestad. (E. E 235)
+ Dios labora y trabaja por mí en todas las cosas criadas sobre la haz de la tierra. (E. E 236)
+ Todos los bienes y dones descienden de arriba. (E. E 237)

Dichos supuestos se pueden resumir en lo que dicen los Hechos de los Apóstoles: En Dios nos movemos, existimos y somos[3]. Pero el hombre, como ser de entendimiento se aleja de Dios, así como herir, matar, ir al infierno. Y Dios dice, hagamos redención al género humano... obrando así la santísima encarnación de Jesucristo, hijo de Dios. (E.E. 107- 108) Este Jesús es el que invita al hombre a salvarse, de tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta... solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados (E. E 23): Agradecer a Dios por tanto bien recibido, por la vida que nos da, y dejar que él sea Dios y Señor en nuestras vidas. Así nos dice: quien quisiere venir conmigo ha de ser como yo, y así de beber y de vestir, etc., así mismo ha de trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etc.; porque así después tenga parte conmigo en la victoria como la ha tenido en los trabajos. (E. E 93) Así pues, ninguna cosa me debe mover... sino sólo el servicio y la alabanza de Dios nuestro Señor y salud eterna de mi ánima. (E. E 169, 7) En pocas palabras, Dios me llama a colaborar con él en la redención del género humano.

Pero, cuando me he determinado a servir y alabar a Dios ¿cómo he de hacerlo? En su autobiografía, en un ataque de escrúpulos, Ignacio llega a decir: Socórreme, Señor, que no hallo ningún remedio en los hombres, ni en ninguna criatura; que si yo pensase de poderlo hallar, ningún trabajo me sería grande. Muéstrame tú, Señor, dónde lo halle; que aunque sea menester ir en pos de un perrillo para que me dé el remedio, yo lo haré[4]. Sólo Dios sabe lo que es mejor para nosotros y su Reino. Nosotros sólo somos siervos.

Para encontrar y abrazar la voluntad de Dios, es necesario que él nos lo diga. Pero ¿cómo escucharlo? Hay que tener conciencia que hay tres pensamientos en mí -dice Ignacio en el preámbulo del examen de conciencia general-, es a saber, uno propio mío, el cual sale de mi mera libertad y querer, y otros dos que vienen de afuera, el uno que viene del buen espíritu y el otro del malo (E. E 32). La tarea del hombre es discernir, separar el pensamiento con la gracia de Dios para escuchar su voluntad, distinguiendo entre mociones del mal espíritu que me aleja de Dios, y mociones del buen espíritu que me acerca a Dios. El pensamiento no es neutro. Es una energía orientada hacia un fin. Las buenas hay que recibirlas, interiorizarlas y permitir que se desarrollen en el interior para seguir aquello hacia lo que nos orientan, mientras que las malas hay que lanzarlas, rechazarlas. (E. E 313). El buen espíritu causa mociones racionales punzando y remordiendo la conciencia para provocar la conversión (314)... Por ejemplo, en un hombre en pecado, el buen espíritu provoca mociones de tipo afectivo, ánimo, fuerzas, inspiraciones, consolaciones, lágrimas y quietud para el bien obrar proceda adelante. (E. E 315) Pasa lo contrario con el mal espíritu. Corolario, conociendo e interpretando el lenguaje de las mociones se puede llegar a conocer la voluntad de Dios[5]. Dios habla dando consolaciones o desolaciones, según me mueva el buen o mal espíritu.

Veamos pues, que con el término moción (movimiento) Ignacio integra lo espiritual con lo corporal. Las mociones según la facultad en que se den, pueden ser racionales (si vienen al entendimiento a través de pensamientos) o sensuales, que se dan en la voluntad, a través de sentimientos.[6] Independiente del origen que tenga la moción, sea racional o sensual, van a afectarse mutuamente. El discernimiento ignaciano es un discernimiento espiritual y sensual, en el cual se aceptan las buenas mociones que vienen de Dios y, mueven la voluntad hacia la pobreza, el deshonor, y la humildad; y se rechazan las malas mociones que vienen del mal espíritu y mueven a la riqueza, el honor y la soberbia. Pero este discernimiento no termina acá. Dice Ignacio, hecha la tal elección o deliberación, debe ir la persona que tal ha hecho, con mucha diligencia a la oración de Dios nuestro Señor, y ofrecerle la tal elección para que su Divina Majestad la quiera recibir y confirmar, siendo su mayor servicio y alabanza. (Diario Espiritual, 183) Esta confirmación es de Dios, y lo hace no haciendo dudar; cuando se aclara el entendimiento por consolaciones y desolaciones y por el discernimiento de espíritus. (E. E 175) La persona permanece en la presencia de Dios. Hay tranquilidad y seguridad.

Para lograr este discernimiento, no basta con la ardua deliberación de espíritus, es fundamental, conocer y amar a Jesucristo por medio de la contemplación de su vida, muerte y resurrección. Será aquí, demandar conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga. (E. E 104) Sin Cristo, el jesuita -que se distingue por llevar su nombre- no es nada. Por eso, con remordimiento, gratitud y asombro, pero sobre todo con amor apasionado, Ignacio primero, y luego cada jesuita siguiendo su ejemplo, ha orado a Cristo nuestro Señor delante y puesto en la cruz y se ha preguntado lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo. (E. E 35)[7]

En resumen, Dios más que nadie, nos muestra cuál es su proyecto para nosotros. La dirección espiritual es un medio muy conveniente y necesario, pero es Dios el que habla, el que mueve la voluntad del hombre según sus designios. Dios habla por la creación, pero sobre todo, al hombre mismo, a su pensamiento por la razón, pero una razón esclarecida por la fe. Y, por los sentimientos, por los afectos. Pero el hombre se ve inclinado por su naturaleza a desviarse, somos seres binarios (dos), indeterminados, libres; si no, no fuéramos hombres. Así, nos mueven, como de fuera, el buen espíritu o el mal espíritu, que en realidad, son mociones que conflictúan más internamente. La voluntad de Dios se reconoce porque mueve hacia la pobreza, el deshonor y la humildad. Pero sobre todo porque es de acuerdo al evangelio de nuestro Señor, quien es la fuente principal de la confirmación. En el Diario Espiritual escuchamos: En estos tiempos era en mí tanto amor, sentir o ver a Jesús que me parecía que adelante no podía venir cosa que me pudiese apartar ni hacer dudar cerca de las gracias o confirmación recibida. (D. E 75) Así pues, Jesucristo es motivo suficiente para la confirmación, con o sin consolaciones.

El ignaciano siente a Jesús en la contemplación de sus misterios, en la vivencia del evangelio. Es Dios mismo quien responde a nuestras búsquedas a través de Jesús. Camino a Roma, en la capilla de La Estorta, Ignacio sintió tal mutación en su alma y vio tan claramente que Dios Padre le ponía con Cristo, su Hijo, que no tendría ánimo para dudar de esto, sino que Dios Padre le ponía con su Hijo. (Autobiografía, 96)

Entonces, la espiritualidad ignaciana es una espiritualidad en búsqueda, por lo que es siempre nueva. Buscar y hallar la voluntad de Dios según los modos, tiempos y lugares en los que nos encontremos. Y pues, de esta búsqueda, brota la obediencia. No se abraza la voluntad de Dios, si no es por la obediencia. Ignacio, en su carta sobre la obediencia a los jesuitas de Portugal, dice: aunque en todas las virtudes y gracias espirituales os deseo toda perfección, es verdad... que en la obediencia más particularmente que en ninguna otra, me da deseo Dios nuestro Señor de veros señalar... En otras religiones podemos sufrir que nos hagan ventaja en ayunos, y vigilias, y otras asperezas que, según su Instituto, cada una santamente observa; pero en puridad y perfección de la obediencia... mucho deseo, hermanos carísimos, que se señalen los que en esta Compañía sirven a Dios nuestro Señor, y que en estos se reconozcan los hijos verdaderos de ellas. (Epp IV, 669) La consecuencia del conocimiento de la voluntad de Dios es vivir obedeciéndolo. Una obediencia siempre en el marco del amor, muy del corazón, con caridad.[8]

Conocedor de las personas

No se puede conocer a las personas, si no hay conocimiento de uno mismo. La espiritualidad ignaciana -que es una espiritualidad del discernimiento-, no puede ser tal, sin un conocimiento profundo de la personalidad: condicionamientos, afecciones desordenadas, deseos irresistibles, temores insuperables, adicciones, tentaciones, riquezas, modos de proceder con el prójimo, con uno mismo, etc. Dicho conocimiento se logra, principalmente, a partir de los Ejercicios Espirituales. Los Ejercicios son todo un modo de examinar la conciencia. La persona llega hasta las profundidades del alma, un modo de preparar y disponer el ánima, para quitar de sí, todas las afecciones desordenadas, y después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina. (E. E 2) Este conocimiento no es sólo intelectual, pues no el mucho saber harta y satisface al ánima, más el sentir y gustar de las cosas internamente (E. E 2). Es un conocimiento interno, de los deseos que mueven la voluntad de la persona, por lo tanto, más convincente.

El conocimiento interno no tiene su fin en sí mismo, tiene una implicación en el subiecto (capacidad para hacer una cosa)[9] de la persona. Con la gracia de Dios y la voluntad deliberada de la persona, ordena la vida, sobre la identificación de Jesucristo (sensus Christi), pasando necesariamente por el vencimiento de uno mismo (Agere Contra). No hay nada que nos aparte más de Dios que nuestros propios quereres e intereses, cuando estos no están ordenados hacia el bien. Por eso, el vencerse a uno mismo, para que Dios reine, es la clave la espiritualidad ignaciana. El conocimiento interno nos hace conscientes de la grandeza de Dios que eleva la bajeza del hombre. El hombre se tiene que anonadar, llegar a la pasividad completa, el sentir la necesidad de la gracia de Dios, la necesidad de purificarse para volver a unir las voluntades, y así llegar a la humildad amorosa, culmen de la espiritualidad.

Conociéndose a sí misma, con sus debilidades y necesidades de la gracia, y teniendo criterio evangélico, la persona puede hasta ahora, acompañar a otras personas en su proceso de búsqueda y conversión. Ignacio en su autobiografía, estando en Jerusalén, donde quería permanecer hasta morir -por ser la tierra del Señor-, menciona que tenía otro firme propósito, ultradevoción, de ayudar a las ánimas. (45) En la fórmula del Instituto lo dice muy claramente también, que la Compañía de Jesús está fundada ante todo para atender principalmente al provecho de las almas en la vida y doctrina cristiana… (I). Aquí comienza el trabajo, el apostolado.

Activo y batallador

Ignacio murió en el 1556, y los jesuitas en el mundo alcanzaban los 5, 000[10] desde que el Papa Paulo III, con la Bula Regiminis Militantis Eclesiae, fundara la Compañía en 1540.[11] En 1581, con el General Aquaviva ya había 13, 000 jesuitas, divididos en 125 provincias en todo el mundo, en 25 años se triplicaron. Hoy en día hay aproximadamente 18,192 jesuitas[12] en el mundo. Los jesuitas son la orden religiosa más grande de la Iglesia hasta ahora. Nadie puede dudar de su influencia en la historia. Y todo se debe a un libro de ejercicios espirituales que un hombre escribió a partir de su experiencia con Dios. De ahí surgen las grandes obras apostólicas por la cual los jesuitas son muchas veces reconocidos. De un caminito de búsqueda que sigue superando las expectativas de las ciencias. El pragmático estadounidense William James (1902) afirmó: San Ignacio fue un místico, pero su misticismo hizo de él ciertamente, uno de los más poderosos prácticos motores que jamás vivió.[13]

Ser espiritual no significa alejarse del mundo, viviendo una utopía religiosa, ni vivir en oración continua. Ignacio llegó a mencionar que a veces puede darse un mayor servicio a través de otros medios que de la oración. Y en otra parte, que para un hombre mortificado, un cuarto de hora es suficiente para unirse con Dios en la oración. Ocurre que la espiritualidad ignaciana es una continua contemplación, en palabras de Ignacio, una contemplación para alcanzar amor. Pero la contemplación es también acción: el ignaciano es un contemplativo en la acción. Recordemos, qué he hecho por Cristo, qué hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo. (E. E 35) Esto es la misión. La misión es la implicación material de nuestra espiritualidad. La misión es la razón de ser de la Compañía y de todo ignaciano. La misión es el principio y fundamento de la Compañía.[14]

La misión pues, es la espiritualidad misma concretizada; es por eso que la obra emprendida siempre será a la Mayor Gloria de Dios, frase que encierra el espíritu de Ignacio.[15] El P. Arrupe decía -reconociendo ante todo la obra de Dios en el mundo-, que los jesuitas somos pecadores, y sin embargo, llamados a servir[16]. La misión es de Dios, el hombre es su servidor.[17] Pero el ignaciano está comprometido a dar el todo, el magis, el más, porque está convencido de lo grande que es el amor de Dios. Por eso –como dice Ignacio- si santo Domingo lo hizo, yo lo tengo que hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo tengo que hacer (Autobiografía 7, 3). Darlo todo, trabajar como si todo dependiera de ti, sabiendo que todo depende de Dios.[18] Por eso la disponibilidad total del jesuita a la misión. Las personas de esta Compañía deben estar cada hora preparada para discurrir por unas partes y otras del mundo, a donde fueran enviados por el Sumo Pontífice o superiores[19], medios donde Dios comunica su voluntad más universal. Esta disponibilidad dio lugar a que se llamara a la Compañía la caballería ligera de la Iglesia, siempre dispuesta a partir hacia un nuevo destino.[20]

En síntesis, el ignaciano le pide a Dios, conocimiento de tanto bien recibido para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad (E. E 233) En esto consiste la espiritualidad de Ignacio.

La espiritualidad ignaciana busca un encuentro personal y real con Dios, y Jesucristo su hijo. Así, se llega a conocer y abrazar Su voluntad, acatándola con amor y reverencia. Luego, el ignaciano se dispone totalmente a la causa del prójimo, sirviendo y amando a las almas, de tal manera que se dé la mayor gloria a Dios nuestro Señor.

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; vos me lo diste, a vos Señor lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia que esta me basta. (E. E 234, 4- 5).


Rogelio Zambrana
Panamá, 2009
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[1] Cf. Frankl, Víctor E. La presencia ignorada de Dios, psicoterapia y religión. Herder. Barcelona, 1994. Pág. 25.
[2] Rodríguez Olaizola, José María S.J. Ignacio de Loyola, nunca solo. Ediciones San Pablo, Madrid, 2006. (Contraportada)
[3] Hechos 17, 28.
[4] Ignacio de Loyola. El Peregrino. Sal Terrae. Santander. 2da. Edición. Pág. 43.
[5] Diccionario de Espiritualidad Ignaciana (G- Z).. Sal Terrae. Santander, Pág. 1267.
[6] Cf. E. E 315; Cf. Diccionario de Espiritualidad Ignaciana (G- Z). Sal Terrae. Santander. Pág. 1267.
[7] Cf. C. G 34, d. 26, 4.
[8] Cf. Diccionario de Espiritualidad Ignaciana (G- Z). Sal Terrae. Santander. Pág. 1332.
[9] Cf. Diccionario de Espiritualidad Ignaciana (G- Z). Sal Terrae. Santander. Pág. 1663.
[10] Cf. William V. Banguert, S. J. Historia de la Compañía de Jesús. Sal Terrae. Santander. 1981. Pág. 128.
[11] Cf. William V. Banguert, S. J. Historia de la Compañía de Jesús. Sal Terrae. Santander. 1981. Pág. 35.
[12] Cf. Apud Curiam Praepositi Generalis. Supplementum Catalogorum, Societati Iesu, 2008. Roma. 2007. Pág. 12.
[13] Meissner, W. W. S. J. The Psichology of a Saint, Ignatius of Loyola. Yale University. 1992. Pág. 325.
[14] Diccionario de Espiritualidad Ignaciana (G- Z). Sal Terrae. Santander. Pág. 1239; Mco. II, 214.
[15] Diccionario de Espiritualidad Ignaciana (G- Z). Sal Terrae. Santander. Pág. 1.
[16] Cf. C. G 32. D. 2, 1.
[17] El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor. (E. E 23)
[18] Esta frase es atribuida a Ignacio.
[19] Const. 588; C. G 34, 26, 25.
[20] Entrevista al padre Peter-Hans Kolvenbach, superior general de la Compañía de Jesús. Revista Ecclesia. 13 de Julio de 2006.

sábado, 24 de octubre de 2009

¿POR QUÉ LA MUJER TIENDE A SER MÁS SENTIMENTAL, Y EL HOMBRE MÁS RACIONAL?


Ambos sexos vivimos atraídos los unos a los otros porque inconscientemente somos los hombres mujeres y las mujeres hombres.
Hombre y mujer, nacemos de una mujer. Nos apegamos más a nuestra madre, que es (culturalmente) sentimental. Cuando nos vamos separando de esa simbiosis, el padre toma más papel en la escena. Y es él el que se inclina por la niña, mientras que la mujer se inclina por el niño. No viceversa.

Entonces, el niño debería adoptar el comportamiento de la madre, y la niña el comportamiento del padre, por identificación, lo que seguramente ocurre. Sin embrago, cuando los niños empiezan a socializar, se van dando cuenta de sus roles sociales de acuerdo a su sexo. El niño sentimental- materno va queriendo parecerse e imitar a su padre; lo mismo pasa con la niña y su madre. Pero, en su inconsciente está su identificación primera. AMBOS SEXOS VIVIMOS ATRAÍDOS LOS UNOS A LOS OTROS PORQUE INCONSCIENTEMENTE SOMOS LOS HOMBRES MUJERES Y LAS MUJERES HOMBRES. El hombre ve en la mujer a su madre y la mujer a su padre. Aquellos con los que se identificaron primero. Los hombres racionales buscamos los sentimientos de la mujer, y las mujeres sentimentales buscan la racionalidad del hombre.

Hay una realidad que no podemos ignorar. Ambos nacemos de una mujer, y nuestro primer contacto es con una mujer. Esto quiere decir que la niña que se deja seducir por el padre “deserta” a su madre primero que el niño; el niño la “desertará después”. Pero esta diferencia de tiempo marca la vida de ambos. ESTE DESFASE HACE QUE SIGAN LOS HOMBRES SIENDO MÁS RACIONALES Y LAS NIÑAS MÁS SENTIMENTALES. Mientras más temprano es separada la niña de su madre por el padre, menos se habrá familiarizado con el lado sentimental del ser humano, al contrario del varón. Como una medida de agradar a su padre que demanda mucho afecto femenino, la niña se esforzará por ser más sentimental. ESTE PLUS ESFUERZO MARCA A LA MUJER COMO MÁS SENTIMENTAL QUE EL HOMBRE. El niño en cambio, adopta mucho más la manera de ser de su madre, y a la hora de socializarse, y tener que adoptar el rol y manera de pensar masculino, hace un esfuerzo en pro de la racionalidad masculina. Además al niño se le exigirá más, su rol masculino, tanto del padre como de la madre. A diferencia de la niña, que si es racional, es bienvenida por parte de la madre, aunque la demanda del padre siempre estará. Los casos de homosexualidad masculina quizás se deba (en parte) que son muy semejantes a la madre; por haber estado más cerca de ella durante los primeros días, no llegan a entender bien su rol de varón. Por lo menos, la homosexualidad masculina es más evidente, quizás un indicio de que en verdad predominan los primeros años en los cuales la mujer femenina imprime su manera de ser a los hijos.

Estoy seguro que los hombres, ahora demandan más mujeres racionales, porque son hombres más sentimentales que antes. Y las mujeres demandan más hombres sentimentales, porque hay muchas más mujeres racionales. EL HOMBRE Y LA MUJER BUSCAN LO QUE LES HACE FALTA, Y SE REALIZAN CON ELLO CUANDO LO ENCUENTRAN. Encontrar un compañero o compañera es encontrarse consigo mismos, con sus necesidades más profundas. Por ello, el hombre busca amor y ternura, característicos de una madre. Y la mujer, creatividad y seguridad, característicos de un padre. Sin embargo, ambas búsquedas son relativas. ¿Quién dice que el hombre no busca seguridad en el corazón de la mujer. Y la mujer no busca amor en la seguridad del varón? Al final se cumple el principio de la COMPLEMENTACIÓN.

Nota: La hipótesis es fundada en la idea de que es el ambiente y las circunstancias, en su mayoría, las que determinan a la persona humana. No se tiene en cuenta el porte biológico- sexual, que indiscutiblemente es poderoso en el ser humano. No solamente son las cantidades de testosterona hacen al hombre ser hombre y a la mujer ser mujer. Los cambios que provoca el cromosoma “Y” en el ser humano pueden ser más significativos que los que se calcula. Tampoco se tiene en cuenta las infinitas posibilidades ambientales en que el ser humano vive, por lo que el radio de probabilidades de aserción se reduce. Sin embargo, la hipótesis puede ser un estereotipo general, a pesar de sus múltiples posibilidades.
Elaborado por Rogelio Zambrana, Julio del 2008. Actualizado, Octubre del 2009.

lunes, 5 de octubre de 2009

EL DOLOR DE LA AMISTAD

POR ROGELIO ZAMBRANA
La tierra se está secando; luego del diluvio de la última vez, el polvo comienza a emerger, desea volar, liberarse de donde una vez el viento lo sacó, al desierto…
Quiero,
en estas palabras, hacerte una breve descripción del proceso tan venturoso que es la amistad. Considero esto una empresa imposible, pero es el espíritu el que insiste en profundizar en lo oscuro de las emociones, o en la luz exorbitante de los sentimientos -a veces es lo mismo-… en los demonios que deambulan a mi alrededor.

Querida amiga: todo es relación. Lo más simple no es la unidad, sino la relación; es más, la unidad se forma de la relación… Yo soy relación, tú eres relación, Dios es relación. La relación personal, de tú a tú, es lo más excitante que puede existir. Nada exige más al ser humano que una relación personal con su semejante. Pueden haber relaciones varias en el mundo humano, infinitas, pero no todas son personales. Y dentro de las que son personales hay una que sobresale por ser más que todas: la amistad. Las amistades verdaderas, -que si son dos son demasiadas, y tres insostenibles- son intercambios de fuerzas elementalmente propias que se mezclan y fusionan con las fuerzas del otro, que igualmente ofrece su ser en sus palabras, en su cuerpo, en su sentir más profundo, más imperioso, en su intimidad más secreta, allá donde la racionalidad se vuelve sentimiento, y donde el sentimiento alcanza el grado de inexpresable, inenarrable, cuando sólo una mirada lo puede articular.

¡La amistad siempre será un misterio porque es tan compleja! Sin embargo, parece lo más sencillo. Si escrutamos su origen, nos llevaría a la fuerza del instinto, que más que animal, es un impulso reflexivo automático que genera mil reacciones que poseen la misma carga, la misma dirección, todas dirigidas a inflamar el ego, a reafirmar la unidad personal ante la presencia de otro tan, pero tan semejante. Hay conciencia de injerencia mutua, como de una irrupción en la conciencia del otro. Es una experiencia de desarme voluntario, un desnudar el apetito, sin pudor ni vergüenza, hacia la máxima expresión del carácter original, génesis de la personalidad más natural y placentera. En el caldo de la amistad fluctúan la historia individual, tanto la consciente, pre- consciente e inconsciente; cada estado psíquico busca transparentar al otro para hacer más perceptible la integridad del nuevo ente familiar. Como una forma de altar, el yo personal se inmola por el tú que resuena en sus más elementales estructuras.

Con mucha razón muchos sabios y santos han dado preferencia a la amistad, sobre el amor netamente erótico. Sin embargo, es injusto “purificar” la amistad del carácter erótico, fuerza primaria que integra hasta la médula del los huesos a la persona humana. El erotismo es la potencia vivificadora de la existencia que deriva de nuestro ser enteramente sensual, sexual y sexuado. Contiene en sí el ímpetu que seduce a la vida sobre la trágica y operante realidad de muerte. Así que resulta inadmisible el querer castrar la amistad de su fuerza operativa. Resulta imposible una amistad no erotizada, ya que una amistad necesita ser creativa, vitalizante, excitante, siempre nueva, luchadora y hasta molesta, para perpetuarse a través de la muerte. ¡La amistad siempre será una guerra, donde la victoria consiste en seguir luchando!

Precisamente, la lucha que está implícita en la amistad, dinamiza la síntesis siempre nueva de los amantes hacia una perfección. Pues la amistad es perfectible ilimitadamente. De hecho, la misma muerte, más cuando es la ofrenda de la vida, eleva a la amistad a una categoría sagrada, destellando a terceros sentimientos místicos de complacencia existencial, cargados de un erotismo subliminal proyectable en su eticidad más íntimamente relacional. Son muchas las personas que cargan eróticamente sus vidas desde ejemplos maravillosos e impactantes de un amor manifestado en su máxima expresión, a favor de la vida del amado, en todos sus sentidos.

La amistad no es algo vago o pasajero, no es accidental ni contingente. Es todo lo contrario. La amistad es un arrebato existencial que hincha el ser hacia un horizonte absolutamente fijado, pero a la vez inalcanzable: el otro. El otro es esencialmente incomunicable, hasta el punto de ensordecer las pulsiones híbridas que se han puesto en común los amantes. Este silencio dentro de la amistad; este misterioso sentimiento de infecundidad dentro de los más altos albores de la vida, es común y repetitivo a lo largo de toda la experiencia de fusión existencial. La muerte está como sustrato de toda relación humana. Parece que la muerte es siempre la puerta de la vida. En la amistad se muere por dejar entrar al otro y formar una nueva identidad compartida. Se muere, luego, a la apetencia incontrolable que busca irrazonablemente el éxtasis infinito y egoísta en la posesión espiritual y carnal del otro. Y por último, se muere a la fe de una absoluta unidad mutua, que desvanece la individualidad personal, principio y fin de la amistad. La amistad verdadera impacta a la individualidad más originaria, la estremece y vapulea, pero nunca asimila la savia inmaculada que sólo la conciencia personal puede gozar: el "yo" del otro. Así que, en la amistad se comparte el gozo de la individualidad; individualidad que muchas veces desentierra el amante.

La amistad verdadera es inmortal, pero no está exenta del dolor característico de la presente mortalidad. El dolor de la amistad es el dolor más gravoso, porque entra en lo más profundo del alma, allá donde nadie puede escuchar el llanto, o ver las lágrimas. Sin duda alguna, el dolor de la amistad es el dolor de estar muriendo, porque una parte de uno se arranca, paralizando el corazón y la vida. Lo único que queda es la ausencia; mucho menos que su sombra, pero más que la nada: la amistad.